El primer día de clases

Debo confesar que me daba un poco de envidia ver en las redes sociales, las caras sonrientes y aspectos ordenados de los hijos de mis amigos en su primer día de colegio y/o jardín infantil. Esto porque mi retoño se acostó la noche antes de su entrada a clases con la cara de dos metros: sabía que le tocaba volver.

Lo primero que uno, como apoderada odiosa, perseguida y culposa piensa es que el cabro chico, desde muy chico, ya es flojo, mañoso, porfiado, y que eso que me dijo mi mamá de “Con este niñito pagarás todas tus culpas”, es una profecía que se cumple sagradamente, sobre todo en marzo.

Esa noche “antes de”, mi angustia se empieza a pasar a dolor de guata e idiotez, dolor de cabeza y ganas de fumar. Salí al patio y prendí un cigarro. Miré al cielo y elegantemente pensé: ¿¡Pero por qué mierda le cuestan todos sus primeros días de clases a este cabro chico?! (que, convegamos, a los 3 años y medio no son muchos).
¿Será que de verdad sacó mi “odio por los lunes”, mi “fobia a marzo” o derechamente va a ser tan bueno pal´webeo como yo? Será un weon de esos bien pajeros que vivirá conmigo hasta los 30 años?

Media volaíta. Si va en medio mayor no más. Se me ocurrió que si tal vez, le preguntaba por qué no quería ir al jardín, encontraría la respuesta. Así que yo, una mujer de 35 años, comencé una conversación con un niño de 3 años y 5 meses:img_5717

-“Raimundo, ¿por qué no quieres ir al jardín, si ahí juegas, cantas, pintas y estás con las tías y tus amigos? (y le nombro a los que él me nombra siempre: puras Josefas, Vicentes, Clementes, Elisas, Julietas, todos los weones se llaman igual en ese curso, hasta invento nombres de moda y le achunto)

-“Mamá yo no ‘pedo’ ir al ‘jaldín’ porque tengo que cuidar la casa y hacer el aseo y cuidar al Tony (su perro)”

Yo me reí, no sólo porque el pergenio no recoge ni sus dinosaurios ni autitos. Nada. Sino que encontré original la respuesta. Pero él no se reía, estaba serio y me miró con cara de: “puta si ese no es argumento, vieja, no sé que necesitas oír”. Así que la respuesta no estaba ahí. Lo fui a acostar y mientras dormía todo lindo (y en silencio se ve más lindo) lo miré y pensé en todas las veces que las parvularias, los informes de fin de mes y otros apoderados, me han dicho que él es un niño tremendamente feliz, amigable, respetuoso, divertido.

Y estoy muy consciente de eso. Rai es un niño de verdad a toda raja. Por lo mismo entendí que él es inmensamente feliz en su casa. Que ama a su perro, estar con sus papás, su patio, sus juguetes (la mayoría superhéroes y dinosaurios mordidos por “el Tony”), su nana, su mini huerta. Y valoro mucho que disfrute con cosas pequeñas y que no necesite de cosas caras o muy tecnológicas para pasarlo bien. Nada peor que esos pendejos que pasan aburridos o pegados al televisor o al iPad, aunque me imagino que este es muy chico y que es otra la edad de mierda esa.

Por lo demás, y tal como me lo recordó una amiga por las redes sociales, yo no iba muy feliz a clases que digamos. Y estaba lejos de ser floja. O sea, estudiaba poco.  Me iba bien en las notas, me llevaba muy bien con la gran mayoría de compañeras y profesores, nunca tuve problemas para levantarme temprano, y tenía una raja tremenda porque a pesar de tener algunas anotaciones negativas nunca alcanzaba a estar condicional.

Pero mi mamá me contaba que si llegaba a encontrarse en el verano con alguna mamá de alguna compañera mía de colegio (de puras mujeres, de monjas, obvio que lo notaron), le decían que “la Carolina -todas se llamaban así en los noventa- está ansiosa de entrar a clases”, y le preguntaban a ella por mí. Pobre mi vieja. Primero mentía por vergüenza yo creo, pero después derechamente decía que “ahí está la Pamela, en la casa con cara de horto”.

Pero es que mis vacaciones eran tan entretenidas que me costaba asumir que marzo había llegado y que eso implicaba guardar los trajes de baño, acostarse temprano, sacarse los aros largos, chao a la pintura de las uñas.

Me pasaba casi los dos meses de vacaciones en el Quisco con mis primos de primer, segundo y hasta quinto grado -típico de la adolescencia: somos todos primos y punto-, eran días y noches al aire libre, a mis papás les costaba retenerme dentro de la casa. Internet no existía y jamás fui buena para ver televisión. Y mi Raimundo es igual. Si bien mira el iPad de vez en cuando, se aburre pronto, y casi no ve televisión. Y a pesar de que es hijo único, muchos primitos no tiene, y los que tiene viven en otras ciudades.
Es amigo de todos los adultos de la calle en que vivimos, conversa con su perro Tony, participa y juega mucho con la señora que lo cuida, se ríen y bailan. Por suerte tengo amigos y amigas con hijos de su misma edad, y esos son sus amigos con los que ha crecido y descubierto muchas cosas.

Prefiero pensar que la razón de su disgusto de ir al jardín el primer día, se debe a que lo pasa muy bien en su casa, y que es feliz de ser nuestro hijo, y que a pesar de lo difícil que ha sido, lo hemos hecho bien con su papá. A mí también me pasaba. Lo pasaba la raja en mi casa, con mis vecinos, mis primos.

Así que si es del mismo club de “Madres y padres de hijos que llegan a clases con la cara de dos metros”, no se desanime ni los tilden de mañosos y menos de niños problemas. Tampoco se vayan en la volá rancia de que son “índigos”. Esa wea es demasiado ridícula. Son niños que además de ser felices con sus compañeros, son felices sin ellos. Son felices en su casa, felices en lo cotidiano y en lo simple.

¡Bienvenido Marzo, aunque sea con cara de poto!

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Susana Walls dice:

    Me río mucho con tus reportajes! Saludos desde México!!!

  2. TRICIA CONTRERAS dice:

    Me encanta que hayas encontrado una razón para su dificultad de entrar a clases. Los niños de por sí no son mañosos, tienen una clara motivación para ser y actuar como lo hacen además también le diste en el clavo jejeje cómo esperar tanta madurez de un peque de 3 años! Si lo estás sacando de su entorno de confianza y tranquilidad y llevándolo a otro lugar que no sabe que habrá aun cuando existan todos esos niños que conoce y con los que ha compartido.
    paciencia… amor y mucha suerte para este nuevo marzo.
    Yo tengo una de 2 años que la mayoría de las veces llega feliz al jardín.. quizás más adelante cuando ya sepa bien qué se viene me toque conocer esta situación

    cariños!

  3. Pamela Armijo dice:

    Jaja, me pasó algo similar con mi único hijo Emilio, entró al jardín a medio mayor y durante todo el mes de marzo hizo show para entrar a clases. Lo pasaba muy bien con sus compañeros, jugaba harto, todo bien, pero sacarlo de la casa para ir al jardín era su perdición… Saludos!

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