El colegio para mi hijo

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Me creí la muerte porque logré pasar por alto el “casting” de jardines infantiles, y triunfé. Pregunté por un jardín bueno, cercano a mi casa. Tres de cuatro personas me dieron el dato y ahí fui a matricularlo. Una buena experiencia, parvularias amorosas y un hijo feliz y que ha aprendido mucho.

No fue igual mi suerte con la búsqueda de colegios. Así, siendo mayo 2017, empecé mi búsqueda para marzo 2018 (pre-kinder). Descabellado por decir lo menos. Y si mis amigas súper madres no me cuentan que desde ya había que elegir colegio, me quedo sin matrícula.

Luego de enterarme de los precios, de la cantidad de colegios religiosos y fachos, de las malas experiencias, hicimos una pequeña selección. Teníamos en mente dos o tres que cumplían con los requisitos que habíamos priorizado: laico, mixto, bilingüe, infraestructura aceptable, ojalá cerca de nuestra casa o de nuestros respectivos trabajos. Ni mi marido ni yo cursamos el colegio acá en Viña, así que no sabíamos mucho del sistema educacional local.

Sí estábamos de acuerdo en que por ningún motivo escogeríamos ese colegio de Reñaca de puros niños. Tampoco los de las sectas que quedan alejados de la realidad llenos de apoderados que predican con la pichula en la mano. Y menos queríamos un colegio militarizado, porque creemos mucho en la autodisciplina, y al aplicarla nos ha funcionado muy bien con Raimundito.

El que ganaba como “favorito” cumplía con todo. Cuando fui a la “visita guiada”, me pareció muy lindo. Tal vez un poco frío, pero tenía una biblioteca que a Rai le encantaría porque estaba llena de colores. Igual, el pielómetro no me funcionó al 100. Pero la piscina temperada, la pista atlética, los buenos resultados académicos y la calidad de amigos ex alumnos, me tenían 90% convencida.

Hasta que me di cuenta que yo no escogería ese colegio, sino que en el mejor de los casos, ese colegio tendría que escogerme a mí. Ni siquiera a mi hijo. A mí.

Para seleccionar a los alumnos, debía uno ir a entregar al pequeño postulante, durante cuatro días seguidos al colegio desde las 14:30 a las 16:00 horas. Dejarlo solo en un inmenso lugar donde no conocía a nadie. Ese ser humano de tres años no podía desobedecer ni ponerse nostálgico por sus padres. Eso no estaba permitido, pues denotaría “falta de autonomía”.

Ese día lunes salí temprano de mi trabajo para ir a buscar con calma a mi retoño a su actual y amado jardín y llevarlo a su primer “día de adaptación”. Pero como nada sale bien los lunes, me chocaron en auto. Iba sola, la otra conductora reconoció su culpa y mi buen amigo del trabajo (Moyita de mi corazón), se encargó de llamar grúa y de hacer otros trámites. Así que no fue nada grave tampoco.

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Llegué al colegio sin mi auto y mi hijo iba contento. Se encontró con un compañero del jardín y les tocó en la misma sala, así que lo entregué de la manito a una parvularia fea. Todo iba bien hasta que él con sus ojitos chinitos me preguntó: ¿Te vas a ir de la sala?, momento en que esa parvularia fea con cara de comandante en jefe me dice: “Mamá, no puede pasar la línea amarilla. Deje a su hijo acá y vuelva a las 16:00 horas”.

Mi hijo hizo un puchero que JAMÁS olvidaré, y la puerta entre él y yo se cerró. Esperé afuera del lugar permitido (porque la weá era un verdadero campo de concentración), y empecé de puro nervio a llamar a mi amigo de la pega por el asunto del choque, al tipo del seguro, a la mina que me chocó, a mi marido que andaba en Punta Arenas, a mis papás. La batería del celular estaba en 10%. Así que apliqué modo avión mientras quedaba una hora para rescatar a mi principito. Leí un libro que siempre me salva en estas ocasiones.

De pronto, de aburrida revisé el correo y PLOP! Leí lo siguiente:

“Padres de Raimundo: He llamado en reiteradas ocasiones a ambos celulares y no me han contestado. Necesito que vengan a buscar a su hijo ya que está llorando y no hemos podido controlarlo”. Atentamente (si claro), Juanita Pérez. Coordinadora de la mierda blablabla.

Casi me recagué. Y me extrañó mucho eso de “no podemos controlarlo”. Mi hijo no hace pataletas nunca. Es regalón, pero no al punto de llorar hasta el descontrol, sobre todo por parte de especialistas en niños.

Vi que tenía llamadas perdidas y di con el número que insistentemente trataba de comunicarse con esta madre desnaturalizada (dos cagonas llamadas perdidas). Me contestó la Juanita Pérez y le pregunté si servía, a media hora de la finalización de la jornada de “observación de candidatos a Harvard”, que lo retirara. Me dijo que ya no tenía sentido y que posiblemente esto jugaría en contra en la selección del alumno”.

Pasaron mil horas según yo, y abrieron la puerta del campo de concentración. Corrí mentalmente a buscar a Rai, sin que me importara si podía optar a ese colegio, sino que sólo quería asegurarme de que él estuviera tranquilo. Me abre la puerta una parvularia con menos cara de paco y le pregunto: “¿Lloró mucho?”, a lo que respondió, casi dulce: “No, solo un ratito, pero después anduvo súper bien”.

Luego se mete la comandante en jefe y me dice: “No puede volver a llorar si”. Yo ni siquiera la miré.

Mis fosas nasales se expandieron y mi venita de la frente se tornó fluorescente. Calmada, y mirando a mi hijo dije: “Ah, es que por las llamadas y el correo que me mandó la encargada, creí que iba a encontrarme con Hannibal Lecter. No se preocupe, conversaré con él para que no vuelva a llorar. Gracias. Hasta mañana”.

El resto de los días no hubo problemas. Sólo el comentario de que se notaba que mi hijo era compañero de otro niño en el jardín porque interactuaban demasiado entre ellos dos. Pero Rai estaba contento y participativo.

La cuarta y última jornada terminó con una parvularia explicándome, del otro lado de la línea amarilla, que ahora debía esperar un correo para ver si tenía derecho a una entrevista con el Directorio.

El sábado siguiente, siguiendo con el casting de colegios, y a pesar de la lata que nos daba levantarnos temprano, fuimos los tres a darnos una vuelta al día de “Puertas Abiertas” de un colegio que cumplía con todo lo que queríamos para Raimundo, salvo con la cercanía a nuestra casa.

Pero nos encontramos con una gran sorpresa. Un colegio muy lindo y moderno, donde entendieron que la “línea amarilla” era inútil. Que el llanto en un niño de tres años es algo normal y que en ningún caso implicaba falta de autonomía. Está dentro de los mejores colegios de Chile, es trilingüe, con una buenísima infraestructura, le dan gran importancia al deporte. Amé la calidez de los profesores (humana y académica), los taca taca del patio, la decoración hecha por los niños, los gimnasios.

somosPlanetarios

El colegio que elegimos (porque nosotros lo escogimos) nos tiene tranquilos y contentos.  No hubo ni mediodía de observación, reproches por lágrimas, llamadas que me amargaran la existencia ni correos que me asustaran. Hubo solo un llamado: “Cuando puedan, vengan a matricular a Raimundo. Bienvenidos a nuestro colegio”.

Respecto del otro colegio, a los dos días me llega un segundo pero menos angustioso correo de Juanita Pérez, contándome que teníamos “derecho” a entrevista con el directorio. Respondí: “Muchas gracias por tu gestión, matriculé a Chucky en otro colegio”.

No soy la apoderada pesadilla, y quienes me conocen lo saben. Mi hijo es bastante inteligente, autónomo y muy dulce.

Jamás he entendido la disciplina como no llorar o no interactuar automáticamente con gente desconocida. Tampoco creo que la línea amarilla sirva para algo distinto a la delimitación del metro. 

No soporto a los comandantes en jefe, pa eso me metía a milica. Creo en la autodisciplina y por sobre todas las cosas, en que el amor, el cariño y la paciencia, son las herramientas más importantes en la educación de un ser humano.

Y lo de la cercanía del colegio, de verdad que prefiero levantarme más temprano, atravesar esta hermosa ciudad. Porque los tacos mirando el mar son otra cosa. Cruzaría el mundo entero por lo que quiero para mí y para los que amo. Así que los comentarios de las personas que quieren vivir en un pueblo donde todo quede al lado me importan un soberano coco. Por lo demás nadie les preguntó opinión ni les pidió ayuda ni bono de bencina.

Ojo cuando escojan un colegio. Los años que se viven en él, deben ser lo más maravillosos de la vida. La infancia feliz es la base de un adulto capaz de amar.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Outsider dice:

    Creo que todos los niños (y padres) viven algo similar en un colegio nuevo, hoy en dia es una mierda el que los niños tengan que estudiar y compartir con compañeritos que se la pasan dopados. Suerte que con un buen nivel económico hay algo donde elegir, imagínate ser pobre y tener que llevarlo a una escuela publica donde te eligen por sorteo…
    Uno siempre quiere que los cabros sean felices pero puta que cuesta.

  2. Tanta razón Pame. En mi caso es igual, el colegio nos queda lejos y es cansador ir y volver cada día. Sin embargo mi hija me dice todos los días que ama su colegio y no quiere cambiarse. Son niños sanos, alegres, solidarios y felices…para mí eso es más importante.

  3. Lulú Luluna dice:

    Mil gracias, tienes muuuucha razon, estoy atravesando la misma etapa que tu y todo este asunto me tiene los pelos de punta. No quiero lidiar con todo este proceso, ademas aca en la ciudad donde vivo es tan limitada y segregada la educación, es algo horrible. Solo yo espero que todo sea mejor para mi nena

  4. Que cercano el tema a las que somos mamás o apoderadas no? Con mi tercer hijo vivi una experiencia macabra, precisamente por la idea de excelencia y donde ser buen niño o alumno, se confunde con no llorar, levantar la mano, “adaptarse sin contratiempos” y coronando con no tener padres complicados, criticos o muy observadores… en otras palabras: tener niños como alumnos y padres ue aman como padres. he caido en una depresion horrible, pensando que somos yo y renato contra el mundo escolar, que las actitudes de niño de mi hijo son vistas como dices, como las de hannibal Lecter y que ellos tienen la solucion, pero no debo permitirme cuestionar y firmar cuanto compromiso se les ocurra. Por eso lucho hoy desde dentro de la escuela para cambiar esta mala estrategia.

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